Avellanosa, de Rafael Santamaria (ii)

Sigue de entrada anterior:
Avellanosa, de Rafael Santamaria (i)

AVELLANOSA DEL PÁRAMO, un pueblo en los Páramos de la provincia de Burgos.

Articulo de Rafael Santamaría  para la revista de Villorejo. (ii)

foto de su facebook

Rafael Santamaria


Como les ocurrió a todas estas villas, aldeas y pueblos del proceso repoblador, también Avellanosa se vio sometida a una señorialización, que, por otra parte, no ha dejado huella alguna ni en la onomástica, ni en la heráldica. En efecto, aquellos primeros repobladores, hombres no sujetos a otra jurisdicción que la real, pasaron a depender de magnates, como los Tovar, Rodríguez Villalobos y de García Fernández, que detentaron más que la propiedad sobre el terrazgo, los derechos jurisdiccionales tan odiados por el campesinado. Una señorialización que no fue muy prolongada, porque ya en la Edad Moderna pasan de nuevo a ser tierras de realengo.

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Un rasgo permanente en la historia charra ha sido el de la fuerte presión demográfica, que ha dejado huella profunda en la fisonomía de su espacio agrario. El área cultivada siempre ha sido muy extensa. De las mil quinientas hectáreas con que contó el municipio, la mayor parte fueron puestas en cultivo. Aquí se roturaron los bosques (hay un  término “Robledo” que alude a las masas forestales habituales en otros pueblos; pero aquí no existe bosques de robles o encinas). En los momentos de máxima expansión  demográfica (trescientos veintitrés habitantes en la década de los cincuenta-sesenta del siglo XX) llegaron aroturarse las laderas del valle del Ruyales, con esfuerzos y riesgos importantes. Y es que, en Avellanosa, como en todos estos núcleos, se estaba practicando un agricultura promiscua de supervivencia: más bocas que alimentar se traducía en una mayor presión sobre el espacio agrario, sobre el terrazgo. Sólo unas pequeñas superficies de ladera o pedregales quedaban para sacar adelante a una ganadería, extensiva también como las explotaciones agrícolas, que ayudaba en las tareas del campo o contribuía a la supervivencia.

Esta agricultura tradicional de Avellanosa, cuyos rasgos no puedo detenerme a analizar, al igual que esa ganadería en régimen extensivo van a desaparecer casi de repente, en los años sesenta de la segunda mitad del siglo XX. Es el “milagro” (bendito para unos; para otros supuso su adiós al pueblo) que afectó a miles de núcleos y a todo el conjunto de la sociedad española. Dos factores económicos lo impulsaron decisivamente en Avellanosa: los ingresos que llegaron a las familias a través de los sueldos de la repoblación forestal en el pinar de las Hormazas y, sobre todo, el aluvión económico que para muchas familias del entorno, especialmente de Avellanosa, trajo consigo la prospección petrolífera de los “americanos”, con la consiguiente construcción de infraestructuras.

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Con aquella “capitalización” algunas familias incorporaron técnicas y maquinaria novedosa a sus explotaciones agrarias. La “Trilladora” fue la pionera. Una máquina que, sin mermar el esfuerzo de sus propietarios -casi siempre lo intensificó-, aglutinaba tareas de trilla y bielda en un único proceso. Se podía sembrar más y obtener más recursos para la reinversión en la tecnología puntera. El salto definitivo en este proceso de modernización fue la adquisición de los primeros tractores y, poco más tarde, de las primeras cosechadoras.

Los que por distintos motivos no se apuntaron al salto tecnológico fueron excluidos rápidamente del proceso productivo rural. Paralelamente a la modernización de las explotaciones agrarias tuvo lugar el ocaso demográfico de Avellanosa. En pocos años se diezma la población, como si una epidemia definitiva hubiera atacado certeramente a la sociedad charra.

Y la fisonomía del pueblo ha variado tanto que para los más longevos resulta admirable. Aquel policultivo de subsistencia, se ha cambiado por un monocultivo intensivo del cereal; aquel parcelario minifundista se ha trocado en fincas ortogonales de grandes dimensiones; aquel paisaje muy arbolado en la vega y el páramo, se ha tornado en un mar de espigas sin árboles ni matas.

Pero en Avellanosa, como en nuestros pueblos vecinos, subsiste ese atractivo ancestral que tenemos las personas por el lugar que nos alumbró, donde están enterrados nuestros ancestros. Lo demostramos consolidando los lares familiares; o los legados más queridos (iglesia, molino, Ayuntamiento). Pero de aquellos que levantaron Santa Eulalia o San Juan recibiríamos hoy bastantes reproches por nuestra desidia.

Afortunadamente existe en Avellanosa un dinamismo muy encomiable que ha alcanzado logros innegables. Se han mejorado las explotaciones agrarias con el reciente proceso de concentración parcelaria, a costa, eso sí, de masacrar la hermosa masa vegetal del pueblo (parece como si nos persiguiera un mal sino en este aspecto: contábamos con un ejemplar de acebo único en los páramos y lo hemos sacrificado sin piedad). Hemos consolidado para varias generaciones ese edificio común que igualó a los avellanosinos, la iglesia. Hemos recuperado otra de las construcciones más queridas y útiles para la agricultura y ganadería premoderna, el molino de “Villa”. Hemos urbanizado el entorno de río , de la iglesia y del Ayuntamiento. Se ha embellecido el pueblo con nuevas fuentes o brocales de pozo. Se han habilitado áreas recreativas …

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Pero quedan muchas tareas pendientes. Hay que recuperar las primeras construcciones religiosas del pueblo,  Santa Eulalia y San Juan Bautista. Igualmente, hay que consolidar el molino de San Martín y su pozo, una construcción comunal de mucha categoría. Y tenemos que habilitar nuevos espacios de esparcimiento en Valdetorre o en El Canalón, haciendo atractiva la hermosa ruta que lleva hasta allí, lo mismo que la que bordea Cuesta la Cruz, hasta las Canalizas.

Es éste un trabajo comunal, pero siempre unos ponen más que otros. De ahí nuestro reconocimiento a las autoridades locales que se han ido sucediendo en los cargos, con especial mención al Alcalde, D. Benito Calzada, que, sin compensación alguna, ha dedicado esfuerzos propios y de su familia más cercana a esas tareas de embellecimiento y mantenimiento de Avellanosa. Igualmente, nuestra gratitud para la Asociación Cultural “El Canalón”, con sus directivos Jesús María García y Encarna Peña, que ha aglutinado las ilusiones y los esfuerzos de muchas personas para mejorar el templo parroquial o las fuentes o los pinares o la cantina. En estos momentos está invirtiendo todo su empeño en la recuperación de uno de esos hitos emblemáticos para los avellanosinos, la ermita de Santa Eulalia.  Finalmente me permito agradecer  a dos avellanosinos ilustres la tarea que están realizando desde sus páginas web: el pionero que fue D. Jesús Fernández Marcos (http://avellanosa.net/), fruto de un laborioso trabajo de investigación; y el entusiasta D. Ángel Calzada Merino (http://personales.ya.com/avellanosa/mapa.htm), más visual, y vía de comunicación para la Asociación “El Canalón”. No quiero olvidarme de la labor que ha ejercido Tina Ruiz al introducir las redes sociales (Facebook Avellanosa Del Páramo, Castilla y León, Spain) en la comunicación de muchos de nosotros.

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La vitalidad actual de Avellanosa se evidencia en su hábitat. ¿Tiene algún futuro como núcleo de poblamiento? Si valoramos su función residencial, es esperanzador. No sólo por la importante actividad constructiva, sino por sus promotores; aunque vayan a tener una ocupación estacional -casi todas estas construcciones constituyen la segunda residencia-, es una generación muy joven las que las va a ocupar a largo plazo. No son menos optimistas las conclusiones del análisis de las construcciones agrarias, sostenidas por explotaciones que regentan, a tiempo exclusivo o parcial, titulares jóvenes, a los que les están cediendo el testigo sus ancestros. Y no menos gratificante resulta ese afán restaurador instalado en la comunidad, que promueve con ahínco la conservación del patrimonio recibido de las generaciones que nos precedieron.

_ Rafael Santamaría Tobar

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